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    Director: Bill Condon
    Actores: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Taylor Lautner, Anna Kendrick, Peter Facinelli, Dakota Fanning, Ashley Greene, Jackson Rathbone, Nikki Reed, Kellan Lutz, Peter Facinelli, Elizabeth Reaser, Michael Sheen

    Sinopsis: Segunda parte de la adaptación de “Amanecer” que supone la quinta entrega de la franquicia cinematográfica Crepúsculo, basada en las novelas de Stephenie Meyer.

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    Ver primer trailer en español de “La saga Crepúsculo: Amanecer

    Director: Bill Condon
    Reparto: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Taylor Lautner, Anna Kendrick, Peter Facinelli, Dakota Fanning, Ashley Greene, Jackson Rathbone, Nikki Reed, Kellan Lutz, Peter Facinelli, Elizabeth Reaser, Christian Serratos, Billy Burke, BooBoo Stewart, Sarah Clarke, Michael Welch, Julia Jones, Kiowa Gordon, Alex Meraz, Gil Birmingham

    Sinopsis: Primera parte de la adaptación de “Amanecer” que supone la cuarta entrega de la franquicia cinematográfica Crepúsculo, basada en las novelas de Stephenie Meyer.

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    Ver primer trailer en español de “La saga Crepúsculo: Amanecer

    Director: Bill Condon
    Reparto: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Taylor Lautner, Anna Kendrick, Peter Facinelli, Dakota Fanning, Ashley Greene, Jackson Rathbone, Nikki Reed, Kellan Lutz, Peter Facinelli, Elizabeth Reaser, Christian Serratos, Billy Burke, BooBoo Stewart, Sarah Clarke, Michael Welch, Julia Jones, Kiowa Gordon, Alex Meraz, Gil Birmingham

    Sinopsis: Primera parte de la adaptación de “Amanecer” que supone la cuarta entrega de la franquicia cinematográfica Crepúsculo, basada en las novelas de Stephenie Meyer.

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    Desde Yahoo! Movies nos llega el nuevo trailer de la 1ª parte de “La saga Crepúsculo: Amanecer”.

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    Director: Bill Condon
    Reparto: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Taylor Lautner, Anna Kendrick, Peter Facinelli, Dakota Fanning, Ashley Greene, Jackson Rathbone, Nikki Reed, Kellan Lutz, Peter Facinelli, Elizabeth Reaser, Christian Serratos, Billy Burke, BooBoo Stewart, Sarah Clarke, Michael Welch, Julia Jones, Kiowa Gordon, Alex Meraz, Gil Birmingham

    Sinopsis: Primera parte de la adaptación de “Amanecer” que supone la cuarta entrega de la franquicia cinematográfica Crepúsculo, basada en las novelas de Stephenie Meyer.

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    Título: Harry Potter y las reliquias de la Muerte: Parte 2
    Título original: Harry Potter and the Deathly Hallows: Part II
    Estreno en España: 15/07/2011
    Director: David Yates
    Guión: Steve Kloves
    Reparto: Daniel Radcliffe, Rupert Grint, Emma Watson, Ralph Fiennes, Bill Nighy, John Hurt, Rhys Ifans, Helena Bonham Carter, Robbie Coltrane, Imelda Staunton, Jason Isaacs, Miranda Richardson, Warwick Davis, Alan Rickman, Maggie Smith, Brendan Gleeson, Ciaran Hinds, Timothy Spall, David Thewlis, Julie Walters, Tom Felton, Bonnie Wright, Jamie Campbell Bower, Richard Griffiths, Matthew Lewis, Evanna Lynch, Fiona Shaw, Helen McCrory, David O’Hara, Natalia Tena.

    Sinopsis:
    La fecha crucial se acerca. Cuando cumpla diecisiete años, Harry perderá el encantamiento protector que lo mantiene a salvo. El anunciado enfrentamiento a muerte con Lord Voldemort es inminente, y la casi imposible misión de encontrar y destruir los restantes Horrocruxies más urgente que nunca.

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    Pura Coincidencia: Santi Pagés

    Caminábamos por el mercado de Mendez Álvaro por entre las columnas que sustentaban lo que una vez había sido la estación de autobuses, clausurada hacía años porque ya nadie viajaba a ningún sitio. Esquivábamos a fugis cargados de cajas que iban ofreciendo su mercancía, uno tras otro, en los mostradores portátiles de los distribuidores autorizados, gobernados en su mayor parte por hombres fornidos y cetrinos, en camiseta blanca, con el sudor marcándoles las axilas, las tarjetas de identificación oficiales colgándoles del cuello, hombres que intercambiaban con otros hombres como ellos palabras secas y créditos de carbono, sacándolos de sus bolsillos en fajos, pasándolos de mano en mano con una rapidez que los hacía invisibles. En los límites del mercado, mujeres de mediana edad se acumulaban con ansía alrededor de las dársenas donde charlis despeinados con sórdidos bigotillos y delgados hasta la extenuación habían colocado sus puestos ambulantes y vociferaban pujando por la atención de las clientas, ofreciendo dos kilos de barracuda por tres carbonos, señora, abriendo mucho la boca, luchando para pronunciar cada erre, luchando con sus dentaduras incompletas, dejando ver sus muelas manchadas por las bellotas rojas que masticaban de continúo y que les ayudaban a mantenerse despiertos desde las cuatro de la madrugada cuando se despertaban en busca de los trenes de pescado que llegaban a la estación desde los cuatro puntos cardinales cargados con la abundancia del océano, toneladas de barracudas, lajas, hojas, zapateras, peces gato, peces martillo, incluso tintoreras, porque con el calentamiento los mares que habían agonizado por décadas eran ahora selvas prehistóricas que bullían con una vida informe y desconocida. Era frecuente que en las noticias se anunciara el descubrimiento de especies nuevas en las costas de Malta o en el Golfo de Guinea, extrañas mutaciones, mestizos, híbridos, peces gestados en los fondos sombríos y fértiles que yacían bajo la superficie cubierta de plástico o sargazos, especies alteradas que habían aprendido a comer basura, algas y medusas, peces abotargados y rojos, hipertróficos, con colmillos de vértigo y ojos hinchados, armados a veces con una completa coraza de pinchos. Esa nueva jungla marina, ese nuevo Caribe, era una de las pocas esperanzas de supervivencia que nos quedaba, un mar que se comía nuestras costas mientras nosotros continuábamos alimentándonos de él como habíamos hecho desde siempre. La carne de esos peces nuevos e insólitos era dura, correosa, repleta de espinas. Quien haya comido una barracuda sabe de lo que hablo: es como masticar engrudo y ramas. Con cuidado, apartando los huesos, mascándolos con paciencia podían ser un alimento tan bueno o tan malo como cualquier otro y eran, eso seguro, casi nuestra única fuente de proteínas. Eran peces capturados a la vieja usanza, por flotas de pequeños barcos de vela triangular que habían vuelto a puntuar de blanco el Mediterráneo, más extenso y febril que nunca, balandras que se adentraban apenas unas millas, porque no había otra forma, porque no quedaba otra, porque ni las baterías de los motores eléctricos ni los paneles solares permitían incursiones en alta mar, porque te abandonaban a merced del tiempo, a riesgo de quedar inmóvil en mitad del océano oliendo cómo tu carga se pierde y se pudre. Con la refrigeración mínima esos trenes diarios traían esa cosecha iodada y muerta y la descargaban en lenguas irisadas sobre toboganes de acero, resbalando desde los vagones hasta el andén donde eran recogidas por un ejército de fugis armados con ganchos, trabajadores con las muñecas deformes y los codos desencajados de realizar una y otra vez los mismos movimientos, los mismos giros, de manejar monstruos de más de veinte kilos, de cargarlos en cintas de garfios, de llevarlos en carretillas llenas de cajas de hielo hasta el mercado unas calles más abajo antes de que se perdieran del todo.

    No lo soporto más. Me marcho.
    María y yo nos habíamos detenido en un puesto. Uno cualquiera. Uno que acumulaba lajas abiertas en canal y crustáceos carmesíes y que en un lado tenía una pequeña plancha eléctrica donde un charli preparaba calamares picantes ensartados en palillos de madera. Había comprado uno. Descansábamos. El olor en el aire era pútrido y penetrante. María apenas había dicho nada desde que habíamos llegado al mercado. Llevaba días así. Dirigiéndome la palabra solo bajo estricta necesidad. Cuando llegaba a casa, muy tarde, casi siempre entrada la noche porque otra vez se había tenido que quedar trabajando, me saludaba sin gana y sin darme siquiera un beso. Hacía mucho que no hablábamos, que no nos abrazábamos, que teníamos sexo. Recuerdo que aquel día estaba especialmente enfadado con ella. Su silencio me había hartado y más aún sus pocas ganas de ayudarme con la compra. Había delegado por completo en mí la tarea de regatear con los charlis de los puestos. Durante seis meses al año, fuera de la estación de calor, esa era nuestra rutina. Comprábamos en el mercado cada dos días. No nos podíamos permitir un refrigerador, consumía demasiados créditos de carbono. Comprábamos para cocinar casi en el acto. Por mucho que aisláramos la despensa, el hedor era insoportable si lo dejábamos más tiempo.
    Le tendí el pincho de calamar anaranjado.
    ¿Ya te quieres ir? Aún no hemos terminado de mirar todos los puestos.
    No me refiero al mercado. Me quiero ir de aquí, de todo esto, de esta mierda de mundo que se está cayendo a pedazos. ¿Es que no lo ves? No hay nada que hacer.
    Hablaba muy alto, casi me gritaba. Pero con el barullo del mercado nadie nos prestaba demasiada atención.
    Me enfadé aún más.
    Ya lo hemos hablado cientos de veces. ¿Y con qué dinero nos vamos?
    María llevaba un pantalon ancho de lino. Metió las manos en los bolsillos y miró hacia otro lado. Sus pendientes bailaron brevemente. Brillaron. Parecío distraerse con las anguilas gruesas y grises que colgaban de los garfios del tenderete de al lado.
    Tengo suficientes carbonos para irme.
    ¿De dónde los has sacado?
    Eso no importa.
    … ¿para irte? ¿Y yo? ¿Y nosotros?
    Tú, yo… no lo sé. Hace tiempo que no somos pareja. Somos amigos. Somos más que eso. Entiéndelo. Tengo que irme. No puedo seguir así.

    Lo que vino después en el fondo es tan común y tan habitual que puede resultar aburrido aunque no entiendo muy bien cómo sucedió. Pasaron dos semanas. Quizá tres. En ese tiempo apenas conversábamos, apenas siquiera nos habíamos visto. En una ocasión llegué después de ella a casa. Estaba rellenando unos formularios. Cuando me escuchó entrar comenzó a recoger y se metió en su habitación. Me dio tiempo a ver la carpeta azul con el logo de Alpha. Recuerdo que pasó alguna noche fuera de casa. La primera noche me asusté. No pude dormir. Buscaba en el silencio el sonido de los pasos en la escalera, la cerradura abriéndose. Por un lado me angustiaba no saber dónde estaba. Por otro deseaba verla muerta. Cuando la vi al día siguiente María se excusó diciendo que estaba bajo observación, siendo sometida a las pruebas físicas de Alpha entrenándose para resistir los rigores del viaje. No pude evitar sugerir un reproche y en cuanto lo hice ella amenazó con su enfado. No volvimos a hablar. No durmió en casa varias noches más. No me preocupe. La siguiente vez que la vi estaba esperándome en el umbral de casa para despedirse junto a las dos maletas en las que había guardado casi todas sus cosas, las mismas maletas que traía cuando la conocí.
    ¿Cómo vas a ir tu sola? Seguro que pesan mucho.
    No te preocupes. Estaré bien.
    Callé. Se acerco a mí y me abrazó.
    ¿Estarás tu bien?
    Sí, tranquila. Pero por tu culpa me asignarán ahora otra persona para compartir el piso.
    Sonreímos.
    Sea quien sea no será como tú, añadí.
    No. Será mejor. Adiós.
    Le abrí la puerta. Ella agarró las maletas y salió.
    Supongo que te veré en veinte años.
    Lo último que vi de María fue su mirada de lástima antes de cerrar la puerta.

    (Continuará)